Aventureros

"Cuba, mi propia revolución"

Guadalupe Carril

La isla caribeña había aparecido en mi imaginario desde la adolescencia: las paradisíacas playas, la romántica mirada de la Revolución y el heroísmo del Che lo hacían un destino más que anhelado para recorrer.

Foto Guadalupe Carril
Foto Guadalupe Carril

Con 20 años, tuve que enfrentarme a la situación de tomar valor para comprar el ticket de avión que me llevaría a realizar la experiencia cultural que transformaría mi vida en un antes y un después. Desde Buenos Aires, en un edificio del centro porteño realicé la llamada que me daría el empujón y la seguridad para animarme a cumplir mi sueño. El plan estaba armado, solo necesitaba que mi amiga estuviera dispuesta a salir de viaje y que confirmaramos la fecha de partida.

Tenía 21 días de vacaciones para recorrer la isla. Personas conocidas que habían estado años atrás me chabían asegurado que ese era un tiempo más que suficiente para visitarla de norte a sur. Mentira. Nunca hay tiempo suficiente para recorrer un lugar. Eso lo aprendí con los años y con los viajes. Siempre hay un rincón nuevo para descubrir hasta en el pueblo más remoto del mundo, en eso se basa la diferencia entre viajar y hacer turismo.

En febrero de 2001, Argentina iba directo a una de las peores crisis institucionales de su historia, pero aún la paridad con el dólar le permitía concretar pequeños placeres a una joven trabajadora sin hijos como lo era yo en esa época. Así fue como llegué a Ezeiza con un sueldo mínimo y con muchas ansias de conocer el mundo.

Camino a lo inexplorado

Mi primer viaje en avión: volar sobre las nubes fue el primer paso que dí en un ambiente desconocido. La sensación de estar flotando, la de los pozos de aire y la de sentir que tu vida depende de una máquina y un buen piloto es sinónimo de perder el miedo a lo que no conoces y de confiar en todo y en todos.

Foto Guadalupe Carril
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La llegada al aeropuerto José Martí, fue un viaje en el tiempo. En ese momento, 22 pesos cubanos eran el equivalente a 1 dólar, todavía no existía el CUC (moneda única de cambio). Mi destino era el barrio El Vedado, en La Habana, una casa de familia me esperaba. Todavía no estaba regularizado el 100 % los hospedajes familiares, por lo cuál era común contactarse por medio de un conocido, con otro conocido y otro conocido hasta dar con el paradero de alguna familia cubana gustosa de ganarse unos pocos dólares e intercambiar un “cachito” de cultura mundial recibiendo a un turista desconocido.

Despertarme en el cuarto de otra persona que había sido preparado para mi estadía con típicos gritos de tonada caribeña fue el primer impacto que me hizo recordar que había pasado la noche en otro país. El malecón se transformó en el paseo obligatorio del primer día y el pollo frito de los puestos callejeros en la primera comida.

El cambio monetario a mi favor

Los paladares aún eran cocinas familiares en precio cubano y por cincuenta centavos de dólar se accedía a un plato típico con bebida incluida. Lo sorprendente era que esa realidad convivía con los precios en moneda gringa para turistas en hoteles de más de tres estrellas.

Foto Guadalupe Carril
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Comprar en las ferias de artesanías, significaba invertir muy poco dinero en souvenirs para toda la familia. En esos tiempos, también existía la venta de libros usados por pocas monedas de dólar. El Capital (Carlos Marx) era de lectura obligatoria en todas las escuelas por lo que, irónicamente, más de un adolescente deseaba venderlo y quedarse con algunos centavos de los billetes verdes.

Pero para ser sincera, en ese entonces, el capitalismo no había invadido la isla de la manera que lo ví escabullirse y pasearse entre los cubanos diez años después. Las esquinas de las calles marcaban “en cada barrio revolución” y algo así pasaba con ese “nuevo hombre” ideado por Marx y puesto a la práctica por Fidel. Los cubanos eran distintos, eran humanos.

Otra realidad, otra sociedad, otro mundo

La humanidad se veía en la proeza de la educación, donde cada pionero (estudiantes secundarios) conocía mejor la situación socioeconómica de los argentinos que los propios porteños. Donde todos tenían techo. Donde los enfermos de cáncer de muchos lugares del mundo trataban de atenderse en hospitales cubanos, y donde la formación en medicina era mucho más avanzada que en la propia Europa.

Foto Guadalupe Carril
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En los muros de las veredas públicas no había anuncios publicitarios, había propaganda política. Los ídolos de las novelas no eran galanes de televisión, sino que eran guerrilleros que lucharon por una Cuba Libre. La figura de Camilo y el Che, había sido el amor platónico de aquellas señoritas que hoy se transformaron en madres o abuelas.

La música, expresión máxima de la cultura, se podía encontrar en cada pueblo donde siempre había una “Casa de la trova”. Los bailes calientes, tema aparte: El roce, no era roce sino cuerpo con cuerpo, sudor con sudor. Para nosotras, jovencitas veinteañeras, mal creídas europeas del sur, fue demasiado contacto físico, demasiados piropos, demasiado baile, demasiados cuerpos, demasiado caribe.

Las compras de puros y ron en el mercado negro también eran una aventura a transitar por la Cuba de principio del segundo milenio. Los taxis compartidos en la Avenida Paseo, los autos que rememoraban ese viaje a mitad del siglo pasado. Los helados en Coppelia aludiendo al clásico cinematográfico “Fresa y Chocolate”, todo se transformaba en escenas perfectas de una película en el tiempo, de un paseo por otro mundo.

La historia revolucionaria

En el museo de la Revolución se pueden analizar las diferentes etapas de cada momento de uno de los hitos más importantes que vivió Latinoamérica en el siglo veinte: las concepciones de la URSS, la mirada socialista, la caída de los rusos, el bloqueo estadounidense, el nuevo hombre, el tirano y el guerrillero.

De igual manera, en Santa Clara, leer la carta de despedida de Ernesto Guevara, que se expone en el mausoleo al Che, donde el héroe argentino le expresa por escrito a Comandante Fidel Castro que decide dejar Cuba para seguir germinando la primavera revolucionaria en el resto de Latinoamérica. Con toda esa información en directo y después de 10 años de menemismo y con una caída inminente del gobierno de la Alianza en mi país natal: ¿Cómo no sentir que la utopía podía convertirse en realidad y que el romanticismo era una sociedad activa, viva y culta? Entonces, se reavivaba en mí ese deseo de que “lo imposible, solo tarda un poco más”.

No todo lo que brilla es oro

La Cuba de 2001 no es la isla de la actualidad, en ese lugar yo, periodista argentina, sentí por primera vez en mi vida que las verdades establecidas se volvían subjetivas. Sentí también, que la nacionalidad de la tierra donde me tocó nacer fue solo una situación del destino donde había una cultura determinada y trazada por los mates y el asado que yo practicaba fanáticamente. Sentí que los humanos podíamos ser humanos y dormir con las puertas abiertas, sin miedo a invitar a un desconocido a pasar a compartir la mesa para que me enseñe sobre sus verdades y sus realidades.

Foto Guadalupe Carril
Foto Guadalupe Carril

Aprendí que el sistema social es algo impuesto por unos pocos para unos muchos, que el Estado por más pobre que sea puede hacerse cargo de la supervivencia de varios millones de personas dándoles techo, salud, alimento y educación que, en definitiva, es la herramienta para nuestra libertad.

Después de conocer Cuba, también me sentí presa. Presa del capitalismo. Pero, por más presa que estaba dentro de una sociedad donde todo tiene valor de cambio, también supe que no iba a permitir que esa cárcel de dinero se adueñe de mi vida. Ya no había vuelta atrás, la mochila me iba a pesar pero mis piernas me iban a sostener.

Próxima nota: Argentina en crisis: Patagonia rebelde. 

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