Aventureros

El viajar es un placer y una forma de vida

Guadalupe Carril

La periodista Guadalupe Carril inaugurará con ésta una serie de columnas en Latitudes en las que narrará sus experiencias como viajera. Cómo empezó esta pasión por agarrar la mochila y partir sin rumbo fijo.

Foto Guadalupe Carril
Foto Guadalupe Carril

Mi nombre es Guadalupe Carril, viajo desde que tengo conciencia. Elegí estudiar en la Universidad de Buenos Aires Licenciatura en Comunicación Social porque siempre quise ser Periodista. Aunque me dio mucho dolor de cabeza finalizar una carrera tan larga, tuve que cortar y retomar varias veces para no dejar de ponerme la mochila cada vez que se presentaba la posibilidad de realizar un viaje. Lo hice, si. Trabajé, cursé, viajé y me recibí.

A casi 10 años de haber concluido los estudios en la UBA, realicé trabajos sociales con comunidades indígenas en Brasil y México, tomé cursos sobre terapias holísticas, medicinas naturales y adquirí una variedad de conocimientos que solamente pude haber obtenido gracias a cruzar las fronteras y convivir con gente muy diferente a mi.

Soy de las que creen que el mejor aprendizaje se da en la calle y en las experiencias vividas.

Mi historia: ¿Por qué viajo?

Desde hace muchos años, decidí que mi vida iba a tener muchas rutas, aviones, aeropuertos, infinidad de buses, trenes, noches mirando las estrellas, diálogos con personas desconocidas, conversaciones en diferentes idiomas, comidas de culturas opuestas, mares de distintos colores y mucha información para abrir la cabeza y el corazón.

Cuando me preguntan: ¿Cómo hacés para viajar tanto?, ¿De dónde sacás tanto dinero? ¿Cómo pagás tus cuentas? Narro mi historia y explico que, para mí, viajar es vivir y creo, fervientemente, que uno elige como quiere vivir la vida.

Mis primeros años crearon un itinerario desde la gran urbe porteña, hacia la costa Atlántica hasta la pampa argentina. Después de idas y vueltas, y una vez establecida la familia en la Ciudad de Buenos Aires, descubrí que el cemento y el sedentarismo no iba a ser una elección para mi futuro.

Esperaba con ansias las vacaciones para subirme al tren de Constitución y poder sentir en mi cuerpo el aroma de libertad que tenía el aire de mar. Cada fin de semana alejarme de la ciudad me generaba un bienestar que en ese momento era imposible describir y/o entender.

El tiempo pasaba y cualquier excusa era buena para tomar un tren, micro o automóvil para alejarse del asfalto. A los 17 años pude tener la primera escapada a la montaña, con amigos y sin la supervisión de mis padres. Luego vino el clásico viaje de fin de curso escolar con los compañeros y finalmente las vacaciones grupales. Pero eso era muy poco para mis expectativas, todavía estaba muy cerca de casa.

Foto Guadalupe Carril
Foto Guadalupe Carril

¿Qué había más allá de las fronteras?, ¿qué pasa con la gente que habla otros idiomas?, con los que comen otras comidas o con los que su desayuno se parece más a mi almuerzo. ¿Qué habrá más arriba, qué es América Latina? ¿Cómo serán los países o pueblos donde se criaron aquellos personajes que conocí en los libros de historia? ¿Cómo sería ver las imágenes de lugares increíbles que mostraban en la televisión? O conocer personas pertenecientes a culturas de más de 500 años, las originarias de América, que en muchos sitios todavía siguen existiendo. ¿Cómo sería acercarme a los que piensan diferente, a los que viven distinto, a los que crecieron en un sistema económico que no es el capitalismo o a los que vivieron revoluciones? El mundo estaba a mi disposición y yo estaba dispuesta a explorarlo.

Mientras mis preguntas invadían mi cabeza y mi corazón necesitaba vivir experiencias, en Argentina transcurría la crisis de principios del segundo mileno, el fallido gobierno de la Alianza en el poder iba apretando más y más el cuello de los ciudadanos, estaba ahogando hasta el hartazgo la tranquilidad de la comunidad. Mis clases en la UBA eran cada vez más caóticas, los salarios docentes no alcanzaban, las medidas de lucha de profesores y estudiantes eran diarias, los reclamos no eran escuchados, los paros se volvieron activos para no perder los cuatrimestres. Y para continuar con el miedo el concepto de universidad privada sobrevolaba como un fantasma, cada vez más cercano.

Las políticas de esos años hicieron que los que en esa época teníamos 20 años no pudiéramos conseguir trabajo, pero esa era una prueba más de las que había que vivir en la realidad social de esos tiempos. Después de varios empleos temporales, un malestar generalizado ante los políticos de turno y unas ganas enormes de cambio social. Una oferta increíble apareció en mi camino: una aerolínea abría sus operaciones en todo Latinoamérica y ofrecía vuelos desde Argentina a Cuba al mismo precio que viajar de Buenos Aires a Calafate.

El dólar y el peso seguían de la mano, el valor del pasaje era lo mismo que el sueldo mínimo. Unos pesitos ahorrados y Ezeiza me esperaba. Cuba se iba convertir así en la primera de varias aventuras por el mundo.

Experimentar la isla caribeña en tiempos de Fidel, a 40 años de la revolución, fue el primer paso para entender que los seres humanos pensamos, consumimos y vivimos según el contexto social en el que nacemos. Pero que -a diferencia de muchos de ellos- la gran mayoría de la población mundial tiene la oportunidad de elegir quedarse en ese sitio o armarse de valor y salir de su zona de confort para encontrar su lugar en el mundo y la forma en que quiere vivir su vida. Así decidí que quería vivir la mía.

Próxima nota: Recorrer la isla revolucionaria
 

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